Antonio Molero vuelve a demostrar su solvencia sobre las tablas con Se nos fue de las manos, una propuesta en la que asume en solitario el peso de la función. El actor se enfrenta a un exigente ejercicio interpretativo que, a juzgar por lo visto durante el pase gráfico, promete captar la atención del público de principio a fin.
La nueva producción, escrita por el dramaturgo estadounidense Craig Wright y dirigida y adaptada por Zenón Recalde, combina humor negro, ironía y reflexión en una historia que aborda las contradicciones humanas desde una perspectiva tan divertida como incómoda. El espectáculo se presenta como un auténtico despliegue interpretativo en el que Molero pone al servicio del personaje toda su experiencia escénica, transitando con naturalidad entre la comedia más descarnada y los momentos de mayor intensidad dramática.
Una producción imposible abocada al desastre
La trama gira en torno a Félix Artifex, personaje interpretado por Antonio Molero, un productor teatral en decadencia que decide embarcarse en una aventura tan ambiciosa como arriesgada: levantar una obra prácticamente imposible de producir. A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitan y todo aquello que puede salir mal acaba saliendo todavía peor.
Con un humor ácido y una mirada lúcida sobre la condición humana, Se nos fue de las manos explora la permanente tensión entre la culpa y el instinto de supervivencia. La obra reflexiona sobre la necesidad de justificar los propios errores, la lucha por mantenerse a flote ante la adversidad y la fragilidad de quienes intentan conservar el control cuando todo parece derrumbarse a su alrededor.
El texto de Craig Wright encuentra en la adaptación de Zenón Recalde una puesta en escena dinámica y cercana que potencia tanto el componente cómico como la profundidad emocional del relato. El resultado es una comedia feroz e implacable que invita a la risa mientras enfrenta al espectador con situaciones tan reconocibles como incómodas.
La función se sostiene sobre un auténtico tour de force interpretativo, en el que Antonio Molero se convierte en el dueño absoluto de la escena, guiando al público a través de un duelo interior tan hilarante como devastador. Un viaje teatral lleno de ritmo, humor y humanidad que promete no dejar indiferente a nadie.