La dramaturga y directora Lucía Miranda regresa al escenario del Centro Dramático Nacional con Las últimas, una ambiciosa propuesta escénica que explora los vínculos históricos, culturales y emocionales entre España y Filipinas a través de un lenguaje híbrido que combina teatro documental, ficción histórica, música en directo y estética de karaoke. Tras el reconocimiento obtenido con montajes como Caperucita en Manhattan o La cabeza del dragón, Miranda presenta ahora una de sus creaciones más personales y políticamente incisivas.
La producción, impulsada por la compañía Cross Border en colaboración con el Centro Dramático Nacional, podrá verse en la sala principal del Teatro Valle-Inclán entre el 12 de mayo y el 21 de junio. La obra propone un viaje escénico a través de más de cuatro siglos de historia compartida entre ambos países, desde la colonización española hasta las huellas contemporáneas de esa relación en la identidad, la lengua, la memoria y las dinámicas sociales.
La función comienza incluso antes de que se abra el telón. La actriz Belén Ponce de León aparece sola en escena para lanzar una confesión demoledora: es la madre, la patria, la “matria”, y padece un cáncer en fase cuatro, el más agresivo. Esa enfermedad se convierte rápidamente en una poderosa metáfora del legado colonial y de las heridas históricas que todavía atraviesan la relación entre España y Filipinas. A partir de ahí, Las últimas construye un relato que oscila entre lo íntimo y lo político, entre el humor y la memoria histórica.
El elenco, integrado por Laurence Aliganga, Julia Enríquez, Chris Angelous Manalo, Alexandra Masangkay, Juan Paños Larrauri y Belén de Santiago, refleja precisamente esa diversidad de herencias culturales. Para Miranda, era esencial que la historia fuese narrada por intérpretes vinculados de manera directa o familiar con Filipinas: un gesto que dota a la obra de autenticidad y convierte el escenario en un espacio de representación y memoria compartida.
La autora define Las últimas como el proyecto más complejo y emocional de su trayectoria. Para construir la dramaturgia realizó más de cuarenta entrevistas entre España y Filipinas, acumulando alrededor de ochenta horas de grabaciones. Entre las personas entrevistadas se encuentran miembros del elenco y también sus madres, cuyas experiencias personales alimentan la dimensión íntima de la obra. Las conversaciones abordaron cuestiones tan diversas como el idioma, la religión, el cuerpo, el poder económico, la migración, la clase social o el modo en que el colonialismo sigue condicionando identidades y relaciones familiares.
Lejos de plantear una lección académica de historia, Miranda apuesta por una mirada subjetiva y libre sobre determinados episodios históricos. La pieza mezcla testimonios reales con secuencias ficcionadas que reinterpretan cinco momentos clave de la relación entre ambos países. La directora reconoce que no pretende ofrecer una reconstrucción objetiva del pasado, sino provocar preguntas y despertar la curiosidad del público. El rigor documental, asegura, reside sobre todo en las voces contemporáneas que han compartido sus recuerdos y experiencias personales.
El resultado es una propuesta escénica inclasificable que combina teatro verbatim, musical, thriller e incluso elementos circenses. Los intérpretes transitan continuamente entre diferentes capas narrativas: por un lado, aparecen como ellos mismos, exponiendo su vínculo personal con Filipinas; por otro, reproducen fielmente declaraciones reales recogidas en las entrevistas; finalmente, encarnan figuras históricas que dialogan con el presente desde un tono que puede pasar de lo cómico a lo profundamente conmovedor.
Uno de los elementos más singulares del montaje es su concepción espacial. La sala grande del Teatro Valle-Inclán se transforma en un karaoke teatral dispuesto a cuatro bandas, con el público rodeando un escenario central donde se desarrolla la acción. La música adquiere así un papel vertebrador en la experiencia escénica. La dirección musical corre a cargo de Laurence Aliganga y Nacho Bilbao, mientras que el diseño de sonido está firmado por Eduardo Ruiz Chini. Además, un grupo de mujeres pertenecientes a la Tuna Universitaria Complutense participa en directo durante la representación, aportando una dimensión simbólica vinculada a la tradición española.
La coreografía de Chris Angelous Manalo añade dinamismo a un espectáculo marcado por el color y la exuberancia visual. El vestuario diseñado por Anna Tusell fusiona referencias tradicionales y contemporáneas, mientras que Johny Dean firma la caracterización de personajes históricos y actuales. La escenografía de Alessio Meloni, la iluminación de Pedro Yagüe y la videoescena creada por Javier Burgos completan una puesta en escena concebida como un gran collage visual y emocional.
El recorrido dramático abarca 461 años de historia común utilizando obras de arte como punto de partida narrativo. Miranda se preguntó qué piezas artísticas podían condensar mejor los momentos clave de la relación entre España y Filipinas, convirtiendo esas creaciones en documentos escénicos capaces de activar la memoria colectiva y conectar pasado y presente.
Con Las últimas, Lucía Miranda no solo propone una reflexión sobre la herencia colonial, sino también sobre la manera en que las sociedades y las familias gestionan aquello que reciben del pasado. La obra plantea una pregunta que atraviesa toda la función: qué hacer con aquello que heredamos, ya sea de nuestras madres o de nuestros países.