En enero de 2021, mientras la borrasca Filomena cubría de nieve una ciudad detenida por la pandemia, Madrid vivía uno de los episodios más extraños y silenciosos de su historia reciente. Calles bloqueadas, hospitales saturados y familias separadas por las restricciones sanitarias marcaron aquellos días en los que el contacto físico se convirtió en un privilegio. En ese contexto de aislamiento y vulnerabilidad nace Una buena vida, la nueva obra escrita, dirigida e interpretada por Carolina África, una producción del Centro Dramático Nacional que podrá verse del 13 de mayo al 21 de junio en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero, en Madrid.

La pieza parte de una experiencia profundamente personal de la autora. Tras dar a luz a su segunda hija en plena pandemia, Carolina África sufrió una caída al abandonar el hospital y tuvo que permanecer ingresada durante diez días, separada de su bebé recién nacida y de su hijo pequeño. Aquella situación límite, agravada por las restricciones sanitarias y el aislamiento emocional de la época, terminó convirtiéndose en el germen de una obra que mezcla autobiografía, humor, dolor y reflexión social.

“Aprender y olvidar tienen las mismas torpezas. Nacer y morir tienen los mismos mecanismos”, plantea el texto desde sus primeras líneas. La acción sitúa al espectador en la habitación de un hospital público donde coinciden una mujer puérpera y una anciana con demencia senil y una cadera rota. Entre ambas se establece una relación inesperada que funciona como metáfora de la dependencia humana y de la necesidad universal de ser cuidados.

La propia Carolina África reconoce que se trata de su trabajo más íntimo y difícil hasta la fecha. La autora comenzó a escribir la obra desde la habitación del hospital, tomando notas mientras aún atravesaba aquella experiencia. Lo que inicialmente fue un intento de ordenar el miedo y la incertidumbre terminó transformándose en una propuesta teatral cargada de humanidad. La dramaturga convierte así el accidente y el dolor en un relato colectivo sobre la vulnerabilidad, la familia, el cuerpo herido y la importancia de sostener a los demás en tiempos de crisis.

Lejos de recrearse únicamente en el drama, Una buena vida encuentra en el humor una herramienta fundamental. La obra alterna momentos de crudeza con situaciones cotidianas y cómicas, integrando referencias a la mitología griega, conversaciones sobre el cuerpo, la enfermedad o la maternidad, y pequeños gestos de ternura que alivian la tensión emocional. Para la directora, la risa permite acceder a distintas capas de la realidad y afrontar el sufrimiento sin perder la esperanza.

La actriz Ahimsa interpreta a Teresa, la anciana hospitalizada que comparte habitación con el personaje de Carolina África. Su figura establece un paralelismo simbólico con la bebé recién nacida que espera en casa: ambas representan la fragilidad y la dependencia absoluta de los cuidados ajenos. Teresa, desorientada por la demencia y limitada físicamente, encuentra en esa convivencia forzada una forma inesperada de compañía en medio de la soledad hospitalaria.

Completa el reparto Jorge Kent, que da vida al enfermero encargado de atender a ambas mujeres. El personaje funciona como homenaje a los sanitarios que durante la pandemia y el temporal de nieve multiplicaron esfuerzos para mantener en funcionamiento los hospitales públicos. Kent interpreta a un profesional que no solo ejerce tareas médicas, sino que también cubre múltiples funciones ante la falta de personal provocada por la situación de emergencia. La obra reivindica así el trabajo silencioso de enfermeras, auxiliares y sanitarios que sostuvieron el sistema en uno de los momentos más críticos de los últimos años.

La puesta en escena transforma la Sala de la Princesa en una habitación hospitalaria de carácter inmersivo. La escenografía y el vestuario, diseñados por Pablo Menor Palomo, buscan combinar el realismo clínico con una dimensión poética marcada por la nieve, la memoria y la intimidad. La iluminación de Rodrigo Ortega, el diseño sonoro de Pilar Calvo y la videoescena creada por Davitxun Martínez y Alma Prieto-Chicken Films contribuyen a construir una atmósfera suspendida entre el aislamiento y la esperanza.

El texto de Una buena vida obtuvo en 2021 el Premio Barahona de Soto Ciudad de Lucena, reconocimiento que confirmó el valor literario de una obra atravesada por la experiencia personal y la reflexión social. Más allá de contar una historia concreta, la propuesta busca interpelar al espectador sobre aquello que realmente importa cuando todo parece tambalearse: el afecto, la compañía, el hogar y la capacidad de cuidar y ser cuidados.

En la nota que acompaña al montaje, Carolina África dedica la función a quienes cuidan y, especialmente, a los ancianos que durante la pandemia no recibieron la atención que merecían. La autora reivindica además la sanidad pública como uno de los grandes pilares colectivos y subraya la necesidad de protegerla. Su intención no es únicamente compartir una experiencia autobiográfica, sino convertirla en un espejo emocional donde cualquier espectador pueda reconocerse.

La trayectoria de Carolina África respalda esta nueva incursión teatral. Dramaturga, directora, actriz y productora nacida en Madrid en 1980, es autora de obras como Verano en diciembre, Vientos de levante y Otoño en abril, textos que han sido representados dentro y fuera de España. En 2024 debutó además como directora de cine con la adaptación cinematográfica de Verano en diciembre, presentada en la Seminci y candidata a los Premios Goya 2025. A lo largo de su carrera ha recibido reconocimientos como el Premio Nacional Calderón de la Barca, el Premio Nacional de Directoras de Escena de Torrejón o el reciente Premio Nacional Buero Vallejo.

Con Una buena vida, Carolina África firma una obra que habla de la maternidad, la enfermedad, la memoria y el miedo, pero también de la capacidad humana para encontrar belleza incluso en medio del caos. Una propuesta teatral atravesada por la nieve de Filomena y por las cicatrices de la pandemia que, lejos de quedarse en el recuerdo de aquellos días, plantea una reflexión profundamente actual sobre la fragilidad y los vínculos que sostienen la vida.