El salto de Darwin
11.12.20


El salto de Darwin viene a alertarnos de que la condición humana puede en cualquier instante regresar como especie a un estado animal. En las road movie los personajes siempre parten de sus casas buscando un mundo mejor –una tierra prometida–, para construir una vida mejor: a esto mismo nos invita El salto de Darwin.

Saber entonces que este texto que significa mi reconciliación con mi lengua materna va a ser representado en Madrid, que es el lugar geopolítico por excelencia de este hermoso idioma, es para mí algo profundamente conmovedor. El español es la única lengua en donde la palabra paz tiene como última letra aquella letra que cierra todos los alfabetos: nuestra lengua ha comprendido a la perfección que la paz es lo único que cierra y pone un fin definitivo al horror que es la guerra. Seguramente es por eso que esta obra solo la podía escribir en esta lengua.
Sergio Blanco



Salto. Quiero seguir saltando. Desde todos los lugares posibles, de todas las maneras que puedo y pueda ofrecer. Apuesto por la teoría de Darwin, toda mi vida he creído en ella. Por eso hoy aporto El salto de Darwin, de Sergio Blanco.

Esta “road teatro” que nos lleva de la comedia a la tragedia, que nos enseña la ingenuidad y la perversidad humana, de lo más conmovedor a lo más detestable del ser humano, me atraviesa de tal manera y me conmueve tanto, que siento la necesidad de montarla. Me interesa todo lo que de ella rezuma, el estudio que su autor hace de los porqués de la guerra, que empieza como un juego y que se va pervirtiendo o que ya estaría en nosotros, en esos animales llamados humanos. Al mismo tiempo, se desarrolla una petición de paz con sus saltos, con su ternura, con sus detalles, con su amor por la diferencia, con la compasión y el entendimiento hacia el otro, con un deseo muy concreto de evolución del ser humano. Que esa evolución sea hacia el salto de Darwin. Eso es lo que me hace apostar firmemente por esta completa, lúcida y apasionante obra.

Humor y dolor atraviesan los personajes sin avisar. En un minuto pasamos de la risa al llanto, porque el tiempo es y no es, no existe, es siempre. Porque la Guerra ha sido siempre. Porque la Paz es siempre.
Natalia Menéndez



El salto de Darwin sucede el segundo fin de semana del mes de junio de 1982, durante el cual se libra la última batalla de la Guerra de las Malvinas, que culmina con la rendición del 14 de junio. Toda la acción se desarrolla en distintos paisajes de la Ruta Nacional N°40, que recorre Argentina de norte a sur. Cada una de las escenas transcurre en torno a un Ford Falcon del año 1971, en el cual el Padre, la Madre, la Hija y su Novio atraviesan el país para esparcir las cenizas del hijo recientemente asesinado en la batalla que ha tenido lugar en la localidad de Puerto Darwin. Dicho Ford Falcon remolca una pequeña caravana con capacidad para cuatro personas, sobre cuyo techo es posible ver al Espectro del Hijo Muerto que, con su guitarra eléctrica, entona diferentes temas musicales de los años 80. Cada vez que lo hace -y a medida que la ruta se aproxima al sur-, un viento suave empieza a levantarse. El mismo viento que viene de Beirut, Saigón, Bagdad, Kabul, Kosovo, Troya... El mismo viento que finalmente terminará trayendo una vez más a Kassandra.

Dirección y adaptación: Natalia Menéndez
Texto: Sergio Blanco
Reparto: Juan Blanco, Cecilia Freire, Olalla Hernández, Teo Lucadamo, Goizalde Núñez y Jorge Usón
Diseño de espacio escénico: Monica Boromello
Diseño de iluminación: Juan Gómez-Cornejo
Diseño de vestuario: Antonio Belart
Diseño de videoescena: Álvaro Luna
Composición música original: Luis Miguel Cobo

Coach musical: Teo Planell
Ayudante de vestuario: María Maraver
Ayudante de videoescena: Bruno Praena
Ayudante de dirección: Pilar Valenciano
Realización de escenografía: Mambo Decorados
Realización de vestuario: Sastrería Cornejo
Agradecimientos: Ruveni Ellawala y Fer Muratori (voces en off)



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NP
Fotos: © Emilio Tenorio

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