ROSARIO SOLER. UNA ZARZUELA EN CUADROS DISOLVENTES - Roberto Carril Bustamante - Editorial: Ediciones Cumbres

02.06.15




Obra coral en tres cuadros, orquestada por la prensa en tiempos de La Belle Époque. Arropado por la tramoya perfecta de familiares y amigos, con el anhelo de regirles en la medida que lo permita la historia pretérita.

La génesis, un adolescente de la década de los ochenta en una casona colonial de la calle Amistad en La Habana. El abuelo mostrándole una revista, Carta de España, publicación nostálgica para emigrantes que con los vaivenes del vivir, dejarían de serlo por la muerte o la inevitable vuelta a casa; en ella un artículo, Postales de ida y vuelta. Imágenes andarinas portadoras de saludos, despedidas y amores, reencarnando sentimientos en un objeto de comu­nicación eterno, mucho más eficaz que el reciente “me gusta” de lo que llamamos “redes sociales”, por donde se escapan todos los peces en cuanto apagamos la má­quina-jaula, la misma que he utilizado como bibliotecaria miope y gruñona para esta zarzuela familiar. En el artículo sobre el origen y desarrollo de la Postal desde su estadio primitivo, el cronista cuyo nombre desconozco, pues he perdido una de las dos páginas, cuenta que un grabador francés, M. Demaison, creó a modo de carta abierta estampas para dar publicidad a su obra, concluyendo el reportaje con la postal moderna en aquellos años ochenta y que ha mutado en la efímera Postal Digital de nuestro tiempo. Pero podríamos remontarnos mucho antes, pues la necesidad de comunicación es uno de los rasgos que nos define como especie. Entre las imágenes de este artículo un pie de foto: «Las tarjetas han reflejado la mentalidad de cada época, llegando a convertirse en verdaderos documentos culturales, sentimentales y emotivos». Señores en un parque quizás hablando de una nueva obra de teatro, vistas de una ciudad moderna con extraña perspectiva surrealista y una Marilyn Monroe estival, mostrando generosa sus pechos provocando oleadas de calor, alegrando algún que otro corazón. Regresa a mi memoria el abuelo, señalando una postal en aquella publicación, elegante con abanico a juego, Rosario Soler en Las Bribonas y un texto:



Campana, la de la vela;

Campana que toca a muerto;

campana para que juntos,

campana, nos enterremos.[1]



—Mi nieto, Rosario era mi tía, una cupletera famosa.

¿Qué significaba ese extraño sustantivo? Imaginé historias y guardé el artículo junto a otros recuerdos inútiles para ojos ajenos. Ya en los noventa marchamos a la tierra de mi bisabuelo cerrando el círculo infinito, paseando por mi querido Madrid encontré en el mercado de antigüedades de los domingos en la Plaza Mayor una revelación: la cupletera. Donde los amantes de los recuerdos pueden rebuscar aún hoy, entre monedas gastadas, billetes de toda época, sellos de tierras olvidadas, fotos y postales lívidas, soportando las partículas del tiempo, de nuevo la imagen recurrente: Las Bribonas. Ella bailando ya sin el abanico y la leyenda:



Campana, la de la vela;

campana que toca a muerto.[2]

Llegué a casa feliz por el hallazgo, se lo mostré a mi abuelo y exaltado dijo:

—¡Fue muy famosa! yo la conocí de niño, cuando viajé con mis padres a Niza.

Intenté en vano que me contara algo más. Como muchas familias de emigrantes, decidieron sus padres dar bruma al pasado para vivir la nueva vida en América y olvidaron reactivar recuerdos. Entonces no lo sabía, pero las candilejas ya emitían una tenue luz.

Quizás imitando a los animales que guardan para el crudo invierno, recopilé misceláneas: recortes de prensa, postales, revistas y rastros a seguir. Trasformado todo en Rosario Soler; primera tiple, una de las grandes junto a Luisa Campos, Úrsula López, Lucrecia Arana, Joaquina Pino, María Palou…; compartiendo escenario con alguna de las nombradas y actuando como pareja escénica de Riquelme, Carrión o Moncayo entre otros muchos grandes de una época dorada. Los tientos de Las Bribonas, El dúo de los patos de La marcha de Cádiz, El pregón de las flores de El poeta de la vida, La Mari Pepa de La Revoltosa, El mozo crúo y el Pregón de Sangre moza, De España vengo de El niño judío, interpretaciones memorables.

En El Heraldo de Madrid, Flores García comenta: «(…) en su cuarto, entre bastidores, donde quiera que se halla, procura Rosario Soler, con su modestia encantadora, su no aprendida ingenuidad y su sencillez nativa, borrar la distancia que existe entre una diosa y unos simples mortales».[3]

Adquirida en internet, llega a finales de julio de 2014 por el correo de toda la vida, otra bella postal iluminada con incrustaciones en tela, la atesoro junto al resto. En mi afán de perseguir senderos, lanzando una red de correos electrónicos con destino incierto, llamadas de teléfono con algún eco tenue, —busco el rastro de una cupletera—, y… un e-mail me llega de la Biblioteca Cánovas del ­Castillo en Málaga: «(…) hemos encontrado seis recortes de prensa que hacen referencia a la cantante. Para la semana que viene los tendremos visibles, así que te avisaré para que los consultes, espero que te sirva. Saludos».

Me quedo a la espera mientras organizo las misceláneas, releo el reportaje de Carta de España, la pequeña foto que me mira, ella bailando galante, —algo mágico ante mis ojos—, rebusco la postal recién adquirida, ¡es la misma postal de la revista, la original! que como cuadros disolventes, trasmuta, renace. Unos días después recibo el correo con los recortes de prensa, uno me llama la atención; «Recuerdo a Rosario Soler» escrito por Fernando Illescas Rico: «(…) Justo es que tributemos este xxv aniversario de su muerte el sencillo homenaje de nuestra admiración y recuerdos a quien fue tanto tiempo gloria y arte de nuestro lírico y embajadora sin par de esta Málaga de nuestros amores.[4]

Termino el artículo y una sensación me abraza, mi esposa me comenta —Ese señor de la foto tiene rasgos familiares, mira bien.

Vuelvo a dirigir mis ojos, esta vez buscando en el interior de la instantánea. Se llama como mi abuelo y tiene el apellido Illescas, como Rosario. Llevado por la sombra de la sospecha, escribo una carta y de inmediato me acerco a la oficina de correos del barrio, portando junto a ella la remota certeza, mi única oportunidad de hablar con alguien que la conociera en vida. Espero insomne, pasa una semana y veo una llamada perdida en mi teléfono, vuelve a sonar en la tarde el aparato, escucho una voz, dice mi nombre y a continuación —Creo que somos familia, Rosario era mi tía y madrina.

Me cuenta que escribe reportajes sobre la tía Rosario en sus aniversarios y que anhela una calle o una placa con su nombre en la que fue su casa y que no lo ha conseguido. Entre saludos y emociones le digo que me gustaría verlo lo antes posible. Tres días después estoy en Málaga. Abrazos, cafés, una vivaracha niña, una bonita familia andaluza; me siento en casa, rodeado de recortes de prensa y fotos familiares —Tenemos un pariente en Marsella, se llama Ernesto. Lo llamamos ahora mismo.

Después de un cariñoso saludo escucho —Lo que es coincidencia es que vivas en la calle Illescas, ¡un Bustamante!

Es el engranaje que vuelve a girar, me narra con acento andaluz cosas que yo desconocía pero intuía —Mi tía me cantaba por peteneras: «ay niño que en cuero y descalzo, llorando por la calle, ven acá y llora conmigo, alma de mi corazón…»; mi tía me sacó del colegio público y me pagó uno privado, mi madre y yo vivimos con ella hasta que murió. ¿Conoces a Antonio Machín? como mi padre había sido tramoyista de teatro antes de verse obligado al exilio, conocía a casi todos los técnicos y cuando iban artistas a la cuidad de Orán, en Argelia, nos permitían ver entre bambalinas las actuaciones. En una tourné de Machín yo me acerqué y le dije que tenía un tío en Cuba, dueño de un taller de joyería en la calle Aguiar, —hablaba de mi bisabuelo— y Machín exclamó —¡No me digas que tu tío es Eduardo Bustamante! ¿Qué piensas escribir sobre la tía Rosario?

Termina diciendo esta nueva y a la vez familiar voz.

Un diálogo imaginario, estampas que persiguen la nitidez, que reconocen al peregrino amigo, donde la realidad olvidada se reafirmará por el conjuro teatral. Iré a su encuentro, viajando a sus ciudades y escenarios, para disfrutar de historias personales y artísticas entrelazadas, navegando por su singular línea de tiempo, plagada de violetas a su beneficio.


(22x14 cm) 193 paginas







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